¡Vamos a organizarnos!


¡Vamos a organizarnos! 
Ahora mismo España se explica apelando al famoso chiste de la cama redonda con la luz apagada y la voz de uno de los participantes que, de vez en cuando, decía “¡Vamos a organizarnos, vamos a organizarnos!”. Supongo que saben el resto. 
Algo así está sucediendo en España. Intereses variopintos se han dado cita alrededor de la promesa o esperanza de que conseguirán algo imposible, o fuera de lógica, en otras circunstancias. Los intereses o los interesados no solamente son, a veces, contrapuestos sino contranaturales. Partidos constitucionalistas a priori, se han metido en la cama con golpistas y con anti constitucionalistas. Formaciones que han puesto muertos en los años de plomo se acuestan con los herederos de sus verdugos. Los que deberían defender la monarquía parlamentaria del 78 yacen con los que la quieren liquidar para forzar un cambio de régimen hacia la república, una forma de Estado que solo ha regido en España diez años (entre primera y segunda República) y todos ellos bajo una experiencia aciaga y convulsa. En España, con sus luces y con sus sombras, ha ondeado el pendón de la monarquía unos quinientos años. Ondea aún. 
La España del chiste “vamos a organizarnos, vamos a organizarnos” está actualmente a oscuras y está así porque alguien deliberadamente ha apagado la luz para intentar quedarse en el cuarto, junto al interruptor, el mayor tiempo posible. Seguramente, a la mayoría de los de la cama redonda no les gusta estar ahí -no olvidemos los pistoleros y los machos alfa que siguen dentro- pero hacen de tripas corazón para continuar con la luz apagada que es la manera más rápida de conseguir ventajas políticas, también personales, de tapadillo. Intentan entre todos, por mucho asco que les dé el de al lado, evitar que la oposición encienda la luz y los dejé a todos con sus vergüenzas al aire. 
Es cierto que, de alguna manera, la actual oposición facilitó que saltara el diferencial y se fuera la luz de la ley y el orden como consecuencia de sus peripecias de corrupción, hábito éste, por otro lado, muy común entre los de la cama redonda pero con una diferencia, estos últimos tienen mucha más habilidad que los de fuera del cuarto para echarle ese muerto pestilente a los oponentes. 
Entre la camarilla del cuarto oscuro que es hoy España también hay uno que pasaba por Teruel y, a veces, otro que pasaba por Cantabria y últimamente se han asomado unos cuantos con una vela encendida, no sabemos si para denunciar la orgía o para pedir un milagro. Este guirigay de situación tiene, a fin de cuentas, un único culpable. Podríamos llamarlo, ya que la cosa va de chistes, el Arévalo de la política española. Igual se hace el gangoso que te cuenta uno de nazarenos o de ladrones o se hace el gracioso y agradable con uno de presos que se escapan o de catalanes peseteros o te hace reír -maldita gracia- con uno de morosos o se hace el John Kennedy o el del carrito de los helados. La cuestión es que el objetivo del cuarto oscuro no tiene mucha coherencia porque hay tantos posibles finales del chiste que no se ponen de acuerdo la susodicha comparsa.  “¡Pues mucho mejor!”, que diría el Arévalo de la política española, porque su objetivo real no es que venga la luz ni cambiar el colchón de la cama ni vender el cuarto ni subir la persiana ni jugar a la gallinita ciega, su objetivo es simplemente seguir cómo está y disfrutar y prometer más tocamientos, eso sí, cada vez más obscenos porque son los más placenteros, al menos para él y algún vicepresidente. 
Saben aquel que diu… 
Perdón, oiga, este no es Arévalo sino Eugenio. 
Es cierto, pero lo crucial para Pedro Sánchez no es ser quien es -Presidente del gobierno de la Monarquía Parlamentaria de España según la Constitución del 78- sino estar donde está. Para ello le da igual contar chistes de Arévalo o de Eugenio y reírle las gracias a unos pocos mientras le da por culo al resto.
Si Sánchez saliera de una vez del cuarto oscuro, si abandonara la cama redonda con Podemos y demás miembros putrefactos de un Frankenstein agresivo y letal, todos podríamos reírnos juntos sin necesidad de que el presidente  de España tuviera que hacer de bufón. Pero como, hoy por hoy, Arévalo no está por la labor, habrá que aguantarse con los bolos que le quedan aún por hacer y decir con cierta esperanza, el último en salir que encienda la luz. Lo de cerrar la puerta se lo dejamos al marqués de Galapagar. Ah, y a la marquesa. Perdón por mi torpe sentido de la inclusividad. 

 

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