G.R.A.S.A. 11-20

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estuvo muy pendiente del niño y de las posibles salpicaduras chillonas de su cabecita pero el angelito solo rezongó algunas palabras en voz alta sin llegar a gritarlas. La pesadilla, si la hubo, pasó de puntillas por la cabeza de la mujer. Pero la noche siguiente también fue diferente porque volvieron los gritos de susto del pequeño. Su madre estaba preparada y corrió a su lado. Lo encontró sentado en la cama, casi levitando, llamándola. “Ya está, ya está. Mamá está aquí. Tranquilo mi vida” —le dijo.

Ella escuchó atentamente el relato del mal sueño del niño mientras este le contaba que su cama se había caído a una habitación muy grande donde había un hombre sentado de espaldas delante del fuego de una chimenea. Estaba fumando y su pelo era rubio.

    ¿Le viste la cara? —preguntó ella, a lo que escuchó del hijo que aquel hombre no tenía cara.

— ¿No tenía cara? —repreguntó.

Ninguna respuesta. El niño se había quedado dormido en sus brazos. La mujer se sintió atrapada por una sensación que recorría en línea recta la bisectriz entre la angustia y la esperanza. Se fue a la cama y tardó en entrar en coma. Admitamos que los sueños siempre son endebles para que podamos recordarlos y, con más razón, si pretendemos tomarlos como preludio de la explicación de algo. Así es que esta noche de jueves ha dormido poco. Mal. Ha despertado de mal humor y la ha tomado con la intrusa del espejo. Hoy viernes tiene un cuerpo trastocado. Siente como si el corazón estuviera en la cabeza y ésta en el estómago y los muslos en la espalda y un riñón en la boca. Podría seguir amputando y cosiendo miembros erróneamente pero ¿para qué?, el estado de su bodi seguiría siendo el mismo, digamos calamitoso. Una especie de kamasutra anatómico íntimo individual y solitario. <<Desde luego tiene buen cuerpo para jugar a las posturitas>>

No iría esta noche a ninguna fiesta. Teresa le rogó que asistiera porque sabía que le haría bien pero el objetivo de la misma no era más importante que su preocupación por las pesadillas de su hijo y lo que quizás significaban. ”¿Y si despierta? Si despierta y no me ve se moriría de miedo. Si despierta y no estoy no podría darme el nuevo mensaje” —se reprochaba.

La fiesta de este viernes por la noche tenía su gracia. La había organizado Teresa después de tejer los hilos de las expectativas de varias personas que no eran otros que los de la soledad y el deseo. Hombres y mujeres que vivían, la mayoría, solos. Hablamos de soledad en un sentido íntimo, el que solo puede romperse en los momentos que bregamos para que nuestra especie se perpetúe —un decir— aunque los microscópicos renacuajos no logren el ovulonizaje. <<Entendido>>. La tendenciosa juventud de todos los convocados haría, seguramente, que la soledad en el sentido indicado actuara como un deseo inflamable tan explosivo como la gasolina de alto octanaje o la nitroglicerina u otra golosina fósil… ¡Bluuuummmmm!

      Teresa, no iré esta noche —le dijo por teléfono.

      Pero ¿por qué? Este chico del que te hablé tiene muchas ganas de conocerte —continuó Teresa.

      Apenas he dormido y estoy destrozada. No tengo cuerpo para fiestas —volvió a  

disculparse.

       — Bueno, tu sabes, cada cual puede poner fin a la fiesta en el momento que quiera

            y...

       — Que no, que no. No insistas Teresa. Lo tengo decidido.

      Vale, como quieras. Pero que sepas que no se respetan los turnos —dijo entre

      risas la organizadora.

       — Tenéis vía libre todas —concluyó.

La verdad de fondo es que el grupo de mujeres con Teresa a la cabeza quería que se produjera el encuentro entre ella y el chico referido. Todas tenían la presunción de que harían buena pareja. Guapos los dos, inteligentes, autónomos, sin hijos. <<¿Sin hijos? ¿Qué quiere decir?>> Hay hijos e hijos. Bueno ya se verá.

A medida que llegaba la noche del viernes la mujer se sentía gobernada por unos parámetros emocionales a los que no estaba acostumbrada. Eran nuevos. Percibía insinuaciones que le eran ajenas. Sintió ganas de recordar. Y sintió ganas de llorar. Pero lo cierto es que no tenía una razón clara que fuera suficiente para hacer una cosa o la otra. Se acordó de Pastor.

Pastor

“¿Qué te gusta de mí?” —le preguntó. No le contestó, solo la miraba con intensidad como si quisiera entrar dentro de ella por sus ojos y escudriñar su corazón para quedarse allí escondido de ventrículo en ventrículo por las aurículas para siempre. Al calor de su sangre. Al color de sus besos. Hacía algunos años de esto pero la mujer lo volvía a vivir hoy viernes como si ayer hubiera sucedido. El tiempo pasa muy lento para las cosas auténticas que nos han marcado. Hay residuos más duraderos que otros. “No se trata —siguió Pastor— de lo que me gusta de ti porque ya no puedo elegir. Tú formas parte de mí. Para seguir respirando te necesito. Para seguir pensando te necesito. Para seguir amando te necesito. Aunque fueras la mujer más fea del mundo te necesito. Para seguir viviendo te necesito”. Ella recuerda estas palabras con fluidez como si todavía vibraran en la membrana húmeda y delicada de sus tímpanos. Pero no cree que estén solo en los tímpanos —amplificadores del hilo musical del cuerpo humano— y piensa que en este momento recordar y amar son el mismo infinitivo sin temor a caer en la maravillosa utopía del amor. “Y como no quiero seguir poniendo en peligro mi vida, que es lo mismo que decir mi amor por ti, quiero que te cases conmigo” —recuerda que le dijo Pastor. Y se calló ahí. No dejaba de mirar y de entrar por sus ojos para trastearle con sentido su corazón secreto y abundante. Ella debió entonces de contestarle pero no lo hizo. Seguramente el famoso nudo de la emoción arrebatada se lo impidió. Él, impertérrito, seguía esperando con todo, hasta con la humedad fisiológica pura de las membranas de sus tímpanos. Acabaron abrazados; abrazándose sonoramente; abrazadamente intensos con sus anatomías atómicas. Con delicadeza brutal, intercambiando emociones en cadena a través del contacto del sellado rojo de sus mejillas casi incandescentes por la velocidad que les había cogido la sangre. “Cásate conmigo ¿quieres?”. “No puedo. Ya estamos casados” —sigue recordando que le preguntó y ella le contestó.

 

Llegó la noche. Viernes. Solo pensaba, como pensó y esperó tantas noches, en qué sueño despertaría al pequeño. Estaba convencida de que a través de los sueños del niño afloraban las claves que estaba esperando para dar explicación a la mayor frustración de su vida, aquel final inesperado con Pastor. “¿Qué soñarás esta noche chiquitín? ¿Qué querrás decirme con tu miedo y tus gritos?” —pensaba. Pero una vez más el niño no gritó de miedo, ni siquiera balbució pequeños globos desinflándose, ni mucho menos algún fonema preliminar incompleto. Nada que significara algo. Pasada la hora habitual de los sueños gritados del niño, la mujer se acostó con la esperanza de que fuera ella la que reviviera buenos recuerdos por extraños que fuesen. “Buenas noches pequeñín. Mamá ha estado aquí pero se va a la cama” —le dijo en voz baja antes de salir de la habitación. El niño seguía plácidamente dormido como respuesta a las palabras de su madre.

Las pretensiones sobre los sueños, aunque estén bien planificadas, nos pueden llevar a equívocos fundamentales. Aquellos son tan químicos y vulnerables como los negativos de una caja negra. Tan imprevisibles como el valor o el amor. ¡Pues a tener cuidado, sapos de la charca!

Al día siguiente, como todos los sábados, lo llevó al parque para que viera los patos en el estanque. A ella también le gustaban estas palmípedas. “¡Con lo mal que huele allí, por dios!”. El niño iba callado al son que su carácter casi ausente le dictaba. La madre le preguntó qué tal había dormido y el niño respondió que regular. “¿Por qué?” —ella. “He tenido pesadillas otra vez”. “Estuve a tu lado hasta después de media noche pero no te despertaste ni gritaste”. El niño, sin más, empezó a relatar lo que recordaba del sueño. Dijo que apareció en el muelle de un puerto o, al menos, creía que lo era. Había grúas gigantes y agua a un lado y a otro de la plataforma de hormigón en la que se encontraba. El sueño, como todos, era incongruente porque el niño relator aparecía en él como un operario adulto; y aunque lo hubiera hecho como niño también era un disparate. Estaban descargando –creía que de un barco— un prisma de acero rectangular de unos veinte metros de largo por cinco de ancho y tres de alto. Pesaba 13 T. La operación de descarga era arriesgada y trabajaban lentamente. Los participantes debieron detener la peligrosa maniobra varias veces para comprobar y ajustar ensamblajes. También se detuvieron para tomar el bocadillo. <<De los trece operarios que intervenían en la maniobra, diez llevaban bocadillos de mortadela con aceitunas. Seguramente había alguna promoción con apariencia de ventajosa en alguna cadena de supermercados de aquella ciudad por aquellos días>>

En tres o cuatro ocasiones el operario relatante debió colocarse debajo de la pieza de acero para supervisar los anclajes. ¡Mal hecho amigo, según las normas de PRL! El lingote gigante bajaba muy despacio hacia la plataforma de hormigón. La última vez que debió meterse debajo de él —al pensar en la densidad milkilográmica que pendía sobre su cuerpo notó cierta fatiga al respirar— el hueco que quedaba entre el hormigón del suelo y el acero flotante era de un metro escaso. Salió de debajo una vez más y anunció su presencia a todos; la operación de aterrizaje del enorme bloque de acero estaba tocando a su fin. Las fantasmagóricas grúas habían vencido al gigantesco y extraño juguete de acero. De forma repentina el operario relatante se dio cuenta de que algo grave estaba ocurriendo, tan grave que sin saber cómo ni por qué se vio atrapado entre el bloque de acero y el suelo de hormigón. Sus compañeros de maniobra no se dieron cuenta del peligro que corría y él mismo quedó presa del pánico sin poder hacer nada para avisarles y evitar que la mole de miles de kilos lo dejara como un sello. Gritó pero no ocurrió nada. Nadie se dio cuenta ni escuchó nada. Ni siquiera apareció su madre con su “Aquí está mamá, chiquitín. No temas”. A lo mejor esta vez no era una pesadilla. El prisma enigmático de acero le oprimía ya el cráneo contra el suelo lo suficiente como para impedir que el niño pudiera escapar. ¿Cómo había ocurrido? ¿Cómo es posible que nadie lo viera entrar debajo de la carga por última vez? ¿Por qué no avisó de que tenía que hacerlo para que detuvieran las poleas que bajaban el lingote fantástico? “Es absurdo. Es absurdo o es una broma” —decía una y otra vez mientras sentía sobre su cabeza, que había puesto de perfil, y sobre su pecho acelerado los preludios de un trágico final.  Los huesos cedían con chasquidos dolorosos. Entonces, en este punto, le dijo a su madre que no recordaba el final del aplastamiento. “Tranquilo hijo no pienses en eso. Solo es un sueño”. “Sí mamá, es solo una de mis pesadillas pero …” —y el niño se calló. 

— Pero qué —le exigió la madre.

“Cuando giré a duras penas la cabeza para ponerla de perfil y así cobrar unos centímetros de holgura, vi cómo un hombre miraba por el hueco en el que yo me encontraba como si quisiera presenciar mi aplastamiento” —dijo a su madre.

— ¿Le viste la cara? —preguntó ella.

Contestó que no tenía cara y que era rubio.

      ¡Como que no tenía cara! ¿Entonces por qué sabes que te estaba mirando y era

      rubio? —gritó enfadada.

Una vez más el pequeño guardó silencio ante la reclamación vehemente de su madre. “¡La que te voy a aplastar voy a ser yo!” —pensó la mujer. El niño la miró con inocencia y tiró una piedrecita al estanque a lo que los patos y otras ánades respondieron corriendo sobre el agua como San Pedro en busca de alguna posible chuchería. Ella se quedó pensativa hasta que los graznidos de las aves le avisaron de que era hora de volver.

 

Por la tarde llamó a Teresa. Lo primero que hizo, más que nada por cortesía, fue preguntar por la fiesta del viernes. “A parte del striptease final de Consuelo fue una noche más bien aburrida. No quiero que te sientas mal pero en parte tuvo que ver con que tu no vinieras”. “No me siento mal. Esa chica siempre acaba desnudándose. Como sabe que tiene buen cuerpo”. “Se pasó de gin-tonic, como siempre” —explicó Teresa. De lo que quería en realidad hablar con Teresa era de los sueños pero sin meter a su hijo por medio, así que habló en general primero para, después, acabar atribuyéndoselos ella misma, ¡como si su amiga se chupara el dedo!. “Los tengo casi a diario. Algunos tratan sobre situaciones terribles y en todos ellos siempre aparece un testigo con el pelo rubio y sin cara”. Teresa le preguntó qué quería decir sin cara y ella le contestó que no la recordaba o aparecía borrosa, sin definir. “No se qué es eso de la presencia de alguien que no quiere mostrar su rostro. ¿Tú crees que será un mensaje de alguna persona?” —dijo. Teresa la vio venir con aquella pregunta y la disuadió para que no volviera a obsesionarse con un posible mensajero misterioso. La mujer se defendió negando que hubiera vuelto a estar pendiente de su vieja e imposible quimera de estar esperando a alguien. <<¿Se refería a Pastor?>>. Sí, a Pastor.

Por la noche, otra vez con su hijo, le preguntó por la cara que no recordaba nunca. El chiquillo guardó silencio intentando evitar la conversación, y ella se sintió mal por tanta negativa. Para conformarla le entregó el relato de otro sueño reciente. El niño contó que una de las primeras noches, después de que empezaran las pesadillas, su cama cayó al vacío y apareció, después de unos segundos perdido en el abismo, en una habitación enorme donde un hombre rubio permanecía sentado de espaldas en un sillón delante de una chimenea encendida sin que se le vieran ni las manos ni los pies. <<¿Y la cara?>> No olvides que estaba de espaldas. El hombre fumaba. Este sueño ya lo había contado pero a la madre no le importaba volverlo a escuchar porque pensaba que el niño podría añadir algún detalle nuevo en la repetición. El relatante no sabría decir si colgaba algo de las paredes de la estancia, ni si aparecían más enseres además del sillón donde el hombre estaba sentado, sin moverse, con una apariencia fantasmal. Al niño le llamó la atención que el fuego ardiera muy deprisa. <<¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo arde deprisa un fuego?>> “Ves, este es un detalle nuevo”. Tranquila. Seguramente la llama se cimbreó alegremente avivada por alguna bocanada de aire que entró furtiva por la chimenea. Lo dice la ciencia, el oxígeno da de correr al fuego. <<¿De comer?>> De correr o de comer es lo mismo. Si hay poco aire el fuego se desmaya. Si no hay ninguno, muere. Fin del fuego. “¿Del juego?” —preguntó la mujer muy alterada y nerviosa. Esto no es ningún juego y usted debería ir al otorrino.

Tenía en la cabecita otros sueños que aun no había contado a su madre. Él sabía cosas que ella ignoraba, aunque es verdad que las andaba buscando. No es que los ocultara deliberadamente para conseguir algún objetivo concreto sino que el niño extraño no sentía la necesidad de hacerlo porque si bien es verdad que algunas veces gritaba asustado en el momento de actuar el sueño también lo es que este miedo apenas si lo recordaba al día siguiente. Durante el día no pensaba en pesadillas ni en mensajes misteriosos ni en temores ni en otros fraudes de la realidad. La luz del día los protegía; a él, que soñaba para su madre porque ella había empezado a tener esa necesidad para poder seguir adelante. Y a la madre, que buscaba sus sueños porque él los necesitaba para existir.

Aunque no hacía mucho tiempo, como hemos visto, que convivía con las conjeturas fantásticas de sus sueños, había uno que ya le había paseado la fabulación nocturna dos veces. Era el sueño del perro pegado al suelo. Todo comenzaba con los ladridos del animal, un perro grande de color canela que lo miraba alegre moviendo el rabo. Perdón, se me escapa algo llamativo. La primera vez el perro era de color canela pero la segunda el color había sumado intensidad hasta llegar casi a marrón. Sin duda el perro era el mismo. El sonriente animal no le quitaba ojo al niño soñador. Si el lector me lo permite yo le llamaría Manchita por el lucero blanco que tiene en la frente. Es perra. Lo singular de la escena es que aquel mejor amigo del sueño no se movía de donde estaba. Parecía que lo habían pegado al suelo. Movía el cuello, las orejas y el rabo pero permanecía inmóvil. Manchita –por decir algo— no hacía ningún intento de echar a andar. O sabía sobradamente que no podía o simplemente no formaba parte de su comportamiento, es decir, desconocía que las patas, como en los demás perros, tenían la función de caminar y correr. El niño le pitaba con los dedos corazón y pulgar, el perro batía su cola cariñosamente, giraba a un lado y otro el cuello olisqueando pero no se movía, ni siquiera hacía el intento. El día que apareció de color marrón el comportamiento fue el mismo. Y por supuesto se seguía llamando Manchita, el nombre que yo le había puesto. Un perro pegado al suelo sin poder moverse no es un perro. Es un perro que no sirve para nada. Igual que un perro que no ladra. El ladrido y la carrera son la esencia determinante del perro. Como el beso es fundamento del amor. El beso es un ladrido, al fin y al cabo. Tan ladrido es que, a veces, nos comportamos como perros cuando hacemos el amor. Somos besos que, si son ladridos, nos hacen perros. El perro pegado al suelo corría solamente cuando desde el fondo del encuadre un hombre de pelo rubio y cara ausente lo llamaba con algo en la mano que le entregaba en el encuentro. ¡Allá que iba Manchita viva y saltarina como una gacela que huye de una intuición mortal!

Ha habido varias fases en el ánimo de esta mujer en cuanto al capítulo de las pesadillas de su hijo. Al principio actuó como la madre diligente que corre a apagar los gritos de su pequeño provocados por algún mal sueño. “Ya está, ya está. Mamá está aquí”. Cuando los episodios se repetían diariamente empezó a preocuparse. Preguntó a las amigas —a Teresa le preguntaba poco para evitar que se preocupara por ella— e incluso, ocasionalmente, a simples conocidos que si a sus hijos les ocurría lo mismo. Supo que aunque los sueños no eran siempre terroríficos sí eran muy extraños. También se dio cuenta de que su hijo no quería contar nada o se guardaba parte de ellos. Contar algo que te ha sucedido, ya sea en la realidad o mientras soñabas, y que te obsesiona especialmente, por un lado te libera espiritualmente pero por otro te hace más vulnerable. Fue precisamente la propensión del niño al silencio la razón principal por la que esta mujer se interesó sobre manera por aquella cuestión. ¿Y si aquellos sueños no eran las descargas normales de la mente de un niño? ¿Era posible que el origen de tales pesadillas trascendiera el lógico comportamiento nocturno de la subconsciencia? ¿Podrían las cábalas del destino estar utilizando el manojo neurológico de su pequeño 

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G.R.A.S.A.

Julio R. Carmona Limón

PRIMERA PARTE: Ellas y ellos

 

Cosa de niños

La noche que corrió a la cama de su criatura alarmada por los extraños gritos del niño y se sentó a su lado para consolarlo de una crisis  —sería seguramente— de terror infantil creyó que no era más que un trámite doméstico y maternal, esporádico como todos los miedos nocturnos de tantos niños. No fue completamente consciente de que en aquel momento comenzaba —¿o fue antes?— uno de los episodios más repetidos y a la vez más inciertos de su vida, consecuencia fantástica de todas las guerrillas vitales que la marcaron en el amor, con lo que de feliz tuvieron y con lo que, digámoslo todo, tuvieron de amargas. En la penumbra de la habitación ganaban los oscuros sobre los claros. Ya dentro se escuchó de su boca:

-          Ya está, tonto. Aquí está mamá. ¿Qué te pasa?.

El niño se había sentado en la cama después de gritar reclamando a su madre. Estaba como perdido. Según la pesadilla vivida, aquella cama se había caído al vacío para aparecer instantes después en una sala muy grande en la que había un hombre sentado de espaldas frente a una chimenea encendida. No se le veía ni las manos ni los pies ni, por supuesto, el rostro. La madre le preguntó un par de cosas, más que nada con la intención de tranquilizarle pero él no contestó y volvió a quedarse dormido en sus brazos. Cuando ella sopesó la dureza del sueño y estuvo segura de que el llorón descansaba otra vez a merced de la imparcialidad de la noche lo dejó caer sobre la almohada de presunciones, sonrió y le dio un beso en la mejilla mientras lo contemplaba felizmente, segura de que nunca más los volverían a separar; segura de que la piel calentita que rozaron sus labios, irradiada por el miedo, era tan cierta como la suya; tan cierto aquel como su propio miedo.

Volvió al salón y acomodándose en el sofá de color crema siguió viendo la televisión, dando saltos de la mano del mando. Acabó en un documental sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. “Siempre hay imágenes inéditas. Parece como si la Segunda Guerra Mundial hubiesen sido muchas guerras. Como si no se hubiera acabado todavía>> —pensó.  El cansancio la estaba rindiendo, sin embargo la dureza de aquellas imágenes, en blanco y negro, mostrando edificios derruidos, personas esqueléticas sin signo de pudor por la indigna desnudez a la que estaban siendo sometidas, las gratificantes —perdón— agresiones de venganza, el puro incombustible de Churchill, parecían alargar su resistencia. “¡Maldita guerra eterna!” —se dijo. Sí, también ella fue derrotada pero por el sueño. Despertó al rato con la voz gritona de una señora con pinta de falsa bruja echando las cartas adivinatorias del tarot en un canal de televisión incontrolado. “Cómo puede haber personas que pierdan el tiempo y el dinero participando en estas patrañas y además que tengan el valor de creérselas” —pensaba. Apagó el televisor, se levantó y fue a la cocina. Cogió un yogur natural del frigorífico y tropezó de nuevo con su manía de mirar la fecha de caducidad (27—11—2010). Se lo tomó con cuchara sopera porque no había ninguna limpia de postre. En aquel momento, aunque hubiese estado caducado, también se lo habría comido porque le asaltó un deseo irrefrenable de zamparse un natural. Hasta un ministro ha dicho que si no han transcurridos muchos días, no pasa nada por tomar algunos alimentos caducados. <<¡Gracias señor ministro pero no nos ha confesado cuántos alimentos caducados se come usted!>>. Leyó la composición del alimento y dijo ronroneando aquello que siempre decía de si esto es natural yo soy la Virgen María.

Después de tomarse el lácteo repasó algunas de sus pesadillas infantiles —la terrorífica caída al vacío, la presencia inquietante del hombre con capa negra en la oscuridad, la angustiosa y desesperada huida imposible a cámara lentísima— y se sonrió del poder de la ingenuidad. Se durmió enseguida. Al día siguiente recordaría que había soñado con Pastor. <<Bien, pero esto no fue una pesadilla sino todo lo contrario; siempre era un sueño placentero>>. Sí siempre fue un sueño muy placentero.

“Pastor —recordó— se acercó a la mesa donde estaban y preguntó al grupo de chicas, mirándola a ella, si podía sentarse. El alboroto de risas cesó súbitamente y se hizo un silencio de iglesia parecido al del momento en el que sale el sacerdote, que aprovechó para decir que no les había mandado callar sino que había pedido permiso para tomar asiento. Entonces las bocas de todas ellas explotaron con el aire comprimido de la risa y de las palabras no pronunciadas y la suma de todo lo que se les escapó de entre los dientes y los labios, queriendo o involuntariamente,  multiplicó de nuevo la ligera algarabía hasta que se formó otra vez un ambiente de jocosa discordia que hería con cierta descortesía el respeto debido al chico que quería agregarse. Pastor, ni corto ni perezoso, se sentó junto a la chica que había empezado a mirar fijamente desde que se acercó al grupo, de lo cual, todas ellas, también se habían dado cuenta. El hecho intencionado del muchacho quedó refrendado ahora porque el grupo la miraba descaradamente tratando de adivinar cuál sería su comportamiento inmediato ante aquella sentada sin autorización de un chico guapo y bien plantado que ninguna conocía. La chica elegida sintió ruborizarse. Las miradas amigas le dieron mucho calor. Los latidos adosados del intruso le quitaban oxígeno. El vuelo colibrí de un pájaro invisible se columpió repetidamente por las ramas del árbol frondoso de la risa incontrolada que le había crecido mágicamente en el estómago hasta que se posó, vivaracho y cantarín, en la cogolla roja de sendos corazones. Él declaró en voz alta que se llamaba Pastor, utilizando un tono con el que trató de animar a las demás a que dijeran el suyo pero ninguna lo hizo, excepto ella. “Soy María” —dijo— y, aunque un poco avergonzada, se sintió satisfecha de haber correspondido según las normas de la buena educación. “Me encanta el nombre de María, —dijo él— creo que es el nombre natural de la mujer” —y todas rieron tapándose la boca y algunas los ojos. María tomatizó de nuevo su semblante y, mientras lo miraba fijamente, supo que dejaba al descubierto un poco de la vergüenza que sentía por dentro. “Pastor es apellido no es nombre” —añadió una de las chicas, toda una exégeta de los chascarrillos y anecdotario convencionales. El muchacho la rectificó sin complejos diciendo que en su familia Pastor había pasado de apellido a nombre, seguramente —apostilló— porque algún antepasado habría hecho méritos ante el poder para hacerse acreedor de tal validación. La mirada repleta de mensajes entre ambos —María y Pastor— selló la explicación y algo más. Entonces Pastor con delicadeza y valentía rozó la mano de la muchacha con el reverso de la suya —las pieles estaban gomosas y calientes— cuando ambas se habían dejado caer, una en busca de la otra, al abismo íntimo que se abría entre sus cuerpos adyacentes. <<¿Adyacentes?>> Adyacentes he dicho.

Este era un sueño —soñar con Pastor— que la buscaba muchas noches, seguramente porque la sabiduría de la inconsciencia lo traía a sus sábanas para disfrutar. Pastor era rubio como el cañaveral seco de cualquier arroyo. Vino también la noche siguiente. ¡Vino tantas!. Y la noche siguiente, como siempre, el niño se fue sin protestar a la cama a su hora y su madre se quedó leyendo el periódico en el salón con la televisión encendida. Estaba cansada. Un día ajetreado. En el trabajo había tensión. En su vida había tensión. En su soledad y en su intimidad había tensión. No es fácil convivir con un hijo extraño y a menudo desobediente. Bajo el influjo del humo embaucador del sueño siguió leyendo el artículo que había dejado a medias esa mañana por falta de tranquilidad para entrar en él. Un periodista escribía sobre un tema inquietante. El titular hacía barruntar la tragedia: Nos faltan once gorditos.

Medialupa. Miércoles, 28 de noviembre 2010.

Nos faltan once gorditos. RAMÓN CRIM. 

La desaparición de niños vuelve a saltar a primera plana como lleva haciendo, por un motivo o por otro, desde hace tiempo en nuestra ciudad. Es un asunto incómodo porque las desapariciones no son aconteceres espontáneos o fruto de la fatalidad sino que por las extrañas circunstancias que las rodean me atrevería a decir que más bien son la consecuencia de una planificación interesada. ¿Por quién? ¿Para qué? Por eso no voy a hablar de estas desapariciones como hechos, seguramente ilegales, en sí mismos sino que las abordaré como episodios que tienen una conexión causa efecto con otro hecho singular en esta ciudad. Me estoy refiriendo a la baja tasa de obesidad infantil cuando las estadísticas nacionales apuntan hacia una tendencia creciente en el número de niños “gorditos”.

Por razones de la casualidad y que ahora no vienen al caso he sabido que la mayoría de los niños desaparecidos en el último año en nuestra ciudad eran obesos. La pregunta es obligada, ¿hay conexión entre la baja tasa de obesidad infantil con estas desapariciones denunciadas, aunque escasamente atendidas por las autoridades policiales y políticas? Y otra más ¿es posible que hayan habido…

 

La mujer luchaba contra el sueño con todo el interés que le había despertado la noticia pero no avanzaba del mismo renglón que quedaba sobre la mitad de la columna como un muro infranqueable. Había leído lo mismo más de diez veces hasta que se sobresaltó por los gritos del niño. Fue a su habitación y lo encontró sentado en la cama llorisqueando. “Ya está aquí mamá. ¿Qué pasa? Tranquilo solo estás soñando —le decía abrazada a él. ¿Qué soñabas?” —volvió a preguntarle. El niño se tranquilizó con el contacto y las palabras de la madre y volvió a quedarse dormido como un cachorro de perro que acaba de removerse un poco en su territorio mental sobre la circunferencia de trapo.

El hombre sentado de espaldas frente a la chimenea estaba fumando. No le veía ni las manos ni los pies ni la cara pero sí se dio cuenta con claridad de que el humo del cigarrillo o del puro ascendía en contorsión caprichosa por encima de su cabeza. También podría ser humo de pipa. El niño, antes de volver a quedarse dormido,  tampoco contestó a las preguntas de su madre, probablemente porque el miedo que le trajo la pesadilla sucumbió a la fuerza e inmediatez del sueño. La madre volvió al salón y terminó la noticia que había dejado a medias.

Medialupa. Miércoles, 28 de noviembre 2010.

Nos faltan once gorditos. RAMÓN CRIM. 

Y otra más, ¿es posible que hayan habido más desapariciones en los lugares de alumbramiento de esta ciudad que, tras haber sido camufladas por personal sanitario las circunstancias reales de cada caso, no se hayan denunciado?

Personalmente me he entrevistado con cinco de las familias afectadas. En todas el desaparecido era un niño “gordito”. Tengo apalabradas otras seis entrevistas con otras tantas familias que creen que detrás de la ausencia forzada de sus hijos están sucediendo cosas raras —por supuesto secretas—que no alcanzan a comprender.

La policía declara no tener constancia de todas las desapariciones referidas además de escudarse en que son casos de disputas familiares e incluso de secuestros por parte de alguno de los progenitores. Las autoridades políticas locales dan la callada por respuesta.

Pese a que no parece existir ninguna investigación oficial en curso este periodista seguirá con la que este periódico ha puesto en marcha. A partir de este momento me comprometo con la audiencia de este periódico a seguir trabajando para intentar llegar hasta el final y esclarecer estas desapariciones vergonzosas en pleno siglo XXI. Intuyo que, además de mi recto compromiso con los lectores, voy a necesitar suerte.

 

La que no tuvo. ¡Pobre!

 

Era la primera vez que tenía noticia de algo así, avalado lo cual, además, con aquellas pesquisas tan contundentes. Sí sabía lo de la baja tasa de obesidad infantil en la ciudad pero le estremeció bastante que alguien, un periodista, cosiera un hecho y otro con la intención de establecer una relación de causalidad entre ambos, entro otras cosas porque esta mujer tenía consanguinidad con algunas personas que formaban parte del gobierno de la ciudad y de la dirección médica de alguna institución sanitaria importante de la misma. Una relación, no obstante, pobre y distante aunque el vínculo familiar existente era de primer grado, sin embargo ciertos hechos desgarradores del pasado la llevaron a salir de su casa y de la familia que, hoy por hoy, capitaneaba los asuntos importantes, políticos y económicos, que regían la vida cotidiana de esta ciudad.

Este periodista debió de saber que su noticia podría alarmar a la opinión pública y en cierta medida creó expectación, sin embargo la promesa con la que cerraba el artículo que suponía un compromiso personal con el seguimiento de aquella información espeluznante se diluyó como un grano de sal en la lengua. Ramón Clir de la familia y de su casaoseguimiento de aquella noticia ezpelu del pasado la llevaron a salir de la familia y de su casaoCrim no volvió a firmar más columnas en Medialupa y fue, según todos los indicios, un grano de sal en alguna mala lengua.

Al día siguiente, ya en la calle, le preguntó a su hijo, mientras lo llevaba al colegio, si se acordaba del sueño que había tenido esa noche. El niño no respondió, seguramente por su incipiente instinto de crueldad infantil, al advertir  que ella tenía mucho interés en el asunto. Pasados unos instantes preguntó a su madre que si el humo del cigarrillo era diferente al del puro y al de la pipa. Vamos que si el color o el perezoso movimiento del humo podrían por sí solos determinar qué clase de tabaco estaba prendido en la boca de alguien a lo que la madre contestó que no sabía pero que por el olor sí era relativamente fácil identificarlo. “Sí pero yo no soy fumador” —podría haber dicho el niño. “¿Por qué preguntas eso?” —le formuló la madre mientras intentaba con movimientos de cabeza en todas direcciones meterlo en el espejo retrovisor interior del coche sin conseguirlo. ¿Dónde estaba el jodido niño que no lo encontraba? ¡Ni que fuera invisible! Tampoco hubo respuesta para ella y desistió. Llegaron al colegio y se despidieron rápidamente. Aquella mañana la niebla que había huía rauda ante la mirada de un sol potente.

Mientras se dirigía al trabajo la mujer llamó con el manos libres a su amiga Teresa para preguntarle si sus hijos tenían pesadillas. “Supongo que sí. Todos las hemos tenido” —le contestó la amiga, la cual aprovechó para  preguntarle que si se verían el viernes. “No lo sé” —le dijo. “No deberías faltar” —le recalcó Teresa. “Ya veremos” —dejó caer ella. Se despidieron. “Adiós guapa”. “Adiós buenorra”. Se rieron juntas.

Todo lo nuevo que nos aborda nos mueve por dentro como un sonajero automático dejándonos, para

 bien o para mal, una música desconocida hasta entonces que resonará en nuestra cabeza un tiempo sin

 que lo podamos evitar y ante la que pelearemos para extraerle todo su sentido. Las dos noches de

 pesadillas que le había traído su hijo le hicieron meditar intensamente sobre el valor epistolar de los

 sueños y sobre el poder encriptado de los recuerdos como residuos del pasado que es lo que son. Le

 parecía a ella que un sueño animado hasta el punto de convertirse en pesadilla no era mas que la

 hipérbole de un recuerdo mal ubicado en el tiempo y en el espacio que ha llegado a actuar como trajín

 de un mensaje lanzado por alguien conocido para salir de la pequeña noche de nuestra cabeza y hacerse

 visible a la luz del sol de nuestro corazón. <<No es igual un sueño que una pesadilla>>. Efectivamente

 no lo es pero una es la continuación del otro o más bien la consecuencia. A veces esos residuos del

 pasado no llegan a reciclarse nunca y nos juegan malas pasadas. La siguiente noche fue diferente. Ella 

CONTINUARÁ

G.R.A.S.A. 11-20

 (Viene de página 10) estuvo muy pendiente del niño y de las posibles salpicaduras chillonas de su cabecita pero el angelito solo rezongó al...