G.R.A.S.A. 11-20

 (Viene de página 10)

estuvo muy pendiente del niño y de las posibles salpicaduras chillonas de su cabecita pero el angelito solo rezongó algunas palabras en voz alta sin llegar a gritarlas. La pesadilla, si la hubo, pasó de puntillas por la cabeza de la mujer. Pero la noche siguiente también fue diferente porque volvieron los gritos de susto del pequeño. Su madre estaba preparada y corrió a su lado. Lo encontró sentado en la cama, casi levitando, llamándola. “Ya está, ya está. Mamá está aquí. Tranquilo mi vida” —le dijo.

Ella escuchó atentamente el relato del mal sueño del niño mientras este le contaba que su cama se había caído a una habitación muy grande donde había un hombre sentado de espaldas delante del fuego de una chimenea. Estaba fumando y su pelo era rubio.

    ¿Le viste la cara? —preguntó ella, a lo que escuchó del hijo que aquel hombre no tenía cara.

— ¿No tenía cara? —repreguntó.

Ninguna respuesta. El niño se había quedado dormido en sus brazos. La mujer se sintió atrapada por una sensación que recorría en línea recta la bisectriz entre la angustia y la esperanza. Se fue a la cama y tardó en entrar en coma. Admitamos que los sueños siempre son endebles para que podamos recordarlos y, con más razón, si pretendemos tomarlos como preludio de la explicación de algo. Así es que esta noche de jueves ha dormido poco. Mal. Ha despertado de mal humor y la ha tomado con la intrusa del espejo. Hoy viernes tiene un cuerpo trastocado. Siente como si el corazón estuviera en la cabeza y ésta en el estómago y los muslos en la espalda y un riñón en la boca. Podría seguir amputando y cosiendo miembros erróneamente pero ¿para qué?, el estado de su bodi seguiría siendo el mismo, digamos calamitoso. Una especie de kamasutra anatómico íntimo individual y solitario. <<Desde luego tiene buen cuerpo para jugar a las posturitas>>

No iría esta noche a ninguna fiesta. Teresa le rogó que asistiera porque sabía que le haría bien pero el objetivo de la misma no era más importante que su preocupación por las pesadillas de su hijo y lo que quizás significaban. ”¿Y si despierta? Si despierta y no me ve se moriría de miedo. Si despierta y no estoy no podría darme el nuevo mensaje” —se reprochaba.

La fiesta de este viernes por la noche tenía su gracia. La había organizado Teresa después de tejer los hilos de las expectativas de varias personas que no eran otros que los de la soledad y el deseo. Hombres y mujeres que vivían, la mayoría, solos. Hablamos de soledad en un sentido íntimo, el que solo puede romperse en los momentos que bregamos para que nuestra especie se perpetúe —un decir— aunque los microscópicos renacuajos no logren el ovulonizaje. <<Entendido>>. La tendenciosa juventud de todos los convocados haría, seguramente, que la soledad en el sentido indicado actuara como un deseo inflamable tan explosivo como la gasolina de alto octanaje o la nitroglicerina u otra golosina fósil… ¡Bluuuummmmm!

      Teresa, no iré esta noche —le dijo por teléfono.

      Pero ¿por qué? Este chico del que te hablé tiene muchas ganas de conocerte —continuó Teresa.

      Apenas he dormido y estoy destrozada. No tengo cuerpo para fiestas —volvió a  

disculparse.

       — Bueno, tu sabes, cada cual puede poner fin a la fiesta en el momento que quiera

            y...

       — Que no, que no. No insistas Teresa. Lo tengo decidido.

      Vale, como quieras. Pero que sepas que no se respetan los turnos —dijo entre

      risas la organizadora.

       — Tenéis vía libre todas —concluyó.

La verdad de fondo es que el grupo de mujeres con Teresa a la cabeza quería que se produjera el encuentro entre ella y el chico referido. Todas tenían la presunción de que harían buena pareja. Guapos los dos, inteligentes, autónomos, sin hijos. <<¿Sin hijos? ¿Qué quiere decir?>> Hay hijos e hijos. Bueno ya se verá.

A medida que llegaba la noche del viernes la mujer se sentía gobernada por unos parámetros emocionales a los que no estaba acostumbrada. Eran nuevos. Percibía insinuaciones que le eran ajenas. Sintió ganas de recordar. Y sintió ganas de llorar. Pero lo cierto es que no tenía una razón clara que fuera suficiente para hacer una cosa o la otra. Se acordó de Pastor.

Pastor

“¿Qué te gusta de mí?” —le preguntó. No le contestó, solo la miraba con intensidad como si quisiera entrar dentro de ella por sus ojos y escudriñar su corazón para quedarse allí escondido de ventrículo en ventrículo por las aurículas para siempre. Al calor de su sangre. Al color de sus besos. Hacía algunos años de esto pero la mujer lo volvía a vivir hoy viernes como si ayer hubiera sucedido. El tiempo pasa muy lento para las cosas auténticas que nos han marcado. Hay residuos más duraderos que otros. “No se trata —siguió Pastor— de lo que me gusta de ti porque ya no puedo elegir. Tú formas parte de mí. Para seguir respirando te necesito. Para seguir pensando te necesito. Para seguir amando te necesito. Aunque fueras la mujer más fea del mundo te necesito. Para seguir viviendo te necesito”. Ella recuerda estas palabras con fluidez como si todavía vibraran en la membrana húmeda y delicada de sus tímpanos. Pero no cree que estén solo en los tímpanos —amplificadores del hilo musical del cuerpo humano— y piensa que en este momento recordar y amar son el mismo infinitivo sin temor a caer en la maravillosa utopía del amor. “Y como no quiero seguir poniendo en peligro mi vida, que es lo mismo que decir mi amor por ti, quiero que te cases conmigo” —recuerda que le dijo Pastor. Y se calló ahí. No dejaba de mirar y de entrar por sus ojos para trastearle con sentido su corazón secreto y abundante. Ella debió entonces de contestarle pero no lo hizo. Seguramente el famoso nudo de la emoción arrebatada se lo impidió. Él, impertérrito, seguía esperando con todo, hasta con la humedad fisiológica pura de las membranas de sus tímpanos. Acabaron abrazados; abrazándose sonoramente; abrazadamente intensos con sus anatomías atómicas. Con delicadeza brutal, intercambiando emociones en cadena a través del contacto del sellado rojo de sus mejillas casi incandescentes por la velocidad que les había cogido la sangre. “Cásate conmigo ¿quieres?”. “No puedo. Ya estamos casados” —sigue recordando que le preguntó y ella le contestó.

 

Llegó la noche. Viernes. Solo pensaba, como pensó y esperó tantas noches, en qué sueño despertaría al pequeño. Estaba convencida de que a través de los sueños del niño afloraban las claves que estaba esperando para dar explicación a la mayor frustración de su vida, aquel final inesperado con Pastor. “¿Qué soñarás esta noche chiquitín? ¿Qué querrás decirme con tu miedo y tus gritos?” —pensaba. Pero una vez más el niño no gritó de miedo, ni siquiera balbució pequeños globos desinflándose, ni mucho menos algún fonema preliminar incompleto. Nada que significara algo. Pasada la hora habitual de los sueños gritados del niño, la mujer se acostó con la esperanza de que fuera ella la que reviviera buenos recuerdos por extraños que fuesen. “Buenas noches pequeñín. Mamá ha estado aquí pero se va a la cama” —le dijo en voz baja antes de salir de la habitación. El niño seguía plácidamente dormido como respuesta a las palabras de su madre.

Las pretensiones sobre los sueños, aunque estén bien planificadas, nos pueden llevar a equívocos fundamentales. Aquellos son tan químicos y vulnerables como los negativos de una caja negra. Tan imprevisibles como el valor o el amor. ¡Pues a tener cuidado, sapos de la charca!

Al día siguiente, como todos los sábados, lo llevó al parque para que viera los patos en el estanque. A ella también le gustaban estas palmípedas. “¡Con lo mal que huele allí, por dios!”. El niño iba callado al son que su carácter casi ausente le dictaba. La madre le preguntó qué tal había dormido y el niño respondió que regular. “¿Por qué?” —ella. “He tenido pesadillas otra vez”. “Estuve a tu lado hasta después de media noche pero no te despertaste ni gritaste”. El niño, sin más, empezó a relatar lo que recordaba del sueño. Dijo que apareció en el muelle de un puerto o, al menos, creía que lo era. Había grúas gigantes y agua a un lado y a otro de la plataforma de hormigón en la que se encontraba. El sueño, como todos, era incongruente porque el niño relator aparecía en él como un operario adulto; y aunque lo hubiera hecho como niño también era un disparate. Estaban descargando –creía que de un barco— un prisma de acero rectangular de unos veinte metros de largo por cinco de ancho y tres de alto. Pesaba 13 T. La operación de descarga era arriesgada y trabajaban lentamente. Los participantes debieron detener la peligrosa maniobra varias veces para comprobar y ajustar ensamblajes. También se detuvieron para tomar el bocadillo. <<De los trece operarios que intervenían en la maniobra, diez llevaban bocadillos de mortadela con aceitunas. Seguramente había alguna promoción con apariencia de ventajosa en alguna cadena de supermercados de aquella ciudad por aquellos días>>

En tres o cuatro ocasiones el operario relatante debió colocarse debajo de la pieza de acero para supervisar los anclajes. ¡Mal hecho amigo, según las normas de PRL! El lingote gigante bajaba muy despacio hacia la plataforma de hormigón. La última vez que debió meterse debajo de él —al pensar en la densidad milkilográmica que pendía sobre su cuerpo notó cierta fatiga al respirar— el hueco que quedaba entre el hormigón del suelo y el acero flotante era de un metro escaso. Salió de debajo una vez más y anunció su presencia a todos; la operación de aterrizaje del enorme bloque de acero estaba tocando a su fin. Las fantasmagóricas grúas habían vencido al gigantesco y extraño juguete de acero. De forma repentina el operario relatante se dio cuenta de que algo grave estaba ocurriendo, tan grave que sin saber cómo ni por qué se vio atrapado entre el bloque de acero y el suelo de hormigón. Sus compañeros de maniobra no se dieron cuenta del peligro que corría y él mismo quedó presa del pánico sin poder hacer nada para avisarles y evitar que la mole de miles de kilos lo dejara como un sello. Gritó pero no ocurrió nada. Nadie se dio cuenta ni escuchó nada. Ni siquiera apareció su madre con su “Aquí está mamá, chiquitín. No temas”. A lo mejor esta vez no era una pesadilla. El prisma enigmático de acero le oprimía ya el cráneo contra el suelo lo suficiente como para impedir que el niño pudiera escapar. ¿Cómo había ocurrido? ¿Cómo es posible que nadie lo viera entrar debajo de la carga por última vez? ¿Por qué no avisó de que tenía que hacerlo para que detuvieran las poleas que bajaban el lingote fantástico? “Es absurdo. Es absurdo o es una broma” —decía una y otra vez mientras sentía sobre su cabeza, que había puesto de perfil, y sobre su pecho acelerado los preludios de un trágico final.  Los huesos cedían con chasquidos dolorosos. Entonces, en este punto, le dijo a su madre que no recordaba el final del aplastamiento. “Tranquilo hijo no pienses en eso. Solo es un sueño”. “Sí mamá, es solo una de mis pesadillas pero …” —y el niño se calló. 

— Pero qué —le exigió la madre.

“Cuando giré a duras penas la cabeza para ponerla de perfil y así cobrar unos centímetros de holgura, vi cómo un hombre miraba por el hueco en el que yo me encontraba como si quisiera presenciar mi aplastamiento” —dijo a su madre.

— ¿Le viste la cara? —preguntó ella.

Contestó que no tenía cara y que era rubio.

      ¡Como que no tenía cara! ¿Entonces por qué sabes que te estaba mirando y era

      rubio? —gritó enfadada.

Una vez más el pequeño guardó silencio ante la reclamación vehemente de su madre. “¡La que te voy a aplastar voy a ser yo!” —pensó la mujer. El niño la miró con inocencia y tiró una piedrecita al estanque a lo que los patos y otras ánades respondieron corriendo sobre el agua como San Pedro en busca de alguna posible chuchería. Ella se quedó pensativa hasta que los graznidos de las aves le avisaron de que era hora de volver.

 

Por la tarde llamó a Teresa. Lo primero que hizo, más que nada por cortesía, fue preguntar por la fiesta del viernes. “A parte del striptease final de Consuelo fue una noche más bien aburrida. No quiero que te sientas mal pero en parte tuvo que ver con que tu no vinieras”. “No me siento mal. Esa chica siempre acaba desnudándose. Como sabe que tiene buen cuerpo”. “Se pasó de gin-tonic, como siempre” —explicó Teresa. De lo que quería en realidad hablar con Teresa era de los sueños pero sin meter a su hijo por medio, así que habló en general primero para, después, acabar atribuyéndoselos ella misma, ¡como si su amiga se chupara el dedo!. “Los tengo casi a diario. Algunos tratan sobre situaciones terribles y en todos ellos siempre aparece un testigo con el pelo rubio y sin cara”. Teresa le preguntó qué quería decir sin cara y ella le contestó que no la recordaba o aparecía borrosa, sin definir. “No se qué es eso de la presencia de alguien que no quiere mostrar su rostro. ¿Tú crees que será un mensaje de alguna persona?” —dijo. Teresa la vio venir con aquella pregunta y la disuadió para que no volviera a obsesionarse con un posible mensajero misterioso. La mujer se defendió negando que hubiera vuelto a estar pendiente de su vieja e imposible quimera de estar esperando a alguien. <<¿Se refería a Pastor?>>. Sí, a Pastor.

Por la noche, otra vez con su hijo, le preguntó por la cara que no recordaba nunca. El chiquillo guardó silencio intentando evitar la conversación, y ella se sintió mal por tanta negativa. Para conformarla le entregó el relato de otro sueño reciente. El niño contó que una de las primeras noches, después de que empezaran las pesadillas, su cama cayó al vacío y apareció, después de unos segundos perdido en el abismo, en una habitación enorme donde un hombre rubio permanecía sentado de espaldas en un sillón delante de una chimenea encendida sin que se le vieran ni las manos ni los pies. <<¿Y la cara?>> No olvides que estaba de espaldas. El hombre fumaba. Este sueño ya lo había contado pero a la madre no le importaba volverlo a escuchar porque pensaba que el niño podría añadir algún detalle nuevo en la repetición. El relatante no sabría decir si colgaba algo de las paredes de la estancia, ni si aparecían más enseres además del sillón donde el hombre estaba sentado, sin moverse, con una apariencia fantasmal. Al niño le llamó la atención que el fuego ardiera muy deprisa. <<¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo arde deprisa un fuego?>> “Ves, este es un detalle nuevo”. Tranquila. Seguramente la llama se cimbreó alegremente avivada por alguna bocanada de aire que entró furtiva por la chimenea. Lo dice la ciencia, el oxígeno da de correr al fuego. <<¿De comer?>> De correr o de comer es lo mismo. Si hay poco aire el fuego se desmaya. Si no hay ninguno, muere. Fin del fuego. “¿Del juego?” —preguntó la mujer muy alterada y nerviosa. Esto no es ningún juego y usted debería ir al otorrino.

Tenía en la cabecita otros sueños que aun no había contado a su madre. Él sabía cosas que ella ignoraba, aunque es verdad que las andaba buscando. No es que los ocultara deliberadamente para conseguir algún objetivo concreto sino que el niño extraño no sentía la necesidad de hacerlo porque si bien es verdad que algunas veces gritaba asustado en el momento de actuar el sueño también lo es que este miedo apenas si lo recordaba al día siguiente. Durante el día no pensaba en pesadillas ni en mensajes misteriosos ni en temores ni en otros fraudes de la realidad. La luz del día los protegía; a él, que soñaba para su madre porque ella había empezado a tener esa necesidad para poder seguir adelante. Y a la madre, que buscaba sus sueños porque él los necesitaba para existir.

Aunque no hacía mucho tiempo, como hemos visto, que convivía con las conjeturas fantásticas de sus sueños, había uno que ya le había paseado la fabulación nocturna dos veces. Era el sueño del perro pegado al suelo. Todo comenzaba con los ladridos del animal, un perro grande de color canela que lo miraba alegre moviendo el rabo. Perdón, se me escapa algo llamativo. La primera vez el perro era de color canela pero la segunda el color había sumado intensidad hasta llegar casi a marrón. Sin duda el perro era el mismo. El sonriente animal no le quitaba ojo al niño soñador. Si el lector me lo permite yo le llamaría Manchita por el lucero blanco que tiene en la frente. Es perra. Lo singular de la escena es que aquel mejor amigo del sueño no se movía de donde estaba. Parecía que lo habían pegado al suelo. Movía el cuello, las orejas y el rabo pero permanecía inmóvil. Manchita –por decir algo— no hacía ningún intento de echar a andar. O sabía sobradamente que no podía o simplemente no formaba parte de su comportamiento, es decir, desconocía que las patas, como en los demás perros, tenían la función de caminar y correr. El niño le pitaba con los dedos corazón y pulgar, el perro batía su cola cariñosamente, giraba a un lado y otro el cuello olisqueando pero no se movía, ni siquiera hacía el intento. El día que apareció de color marrón el comportamiento fue el mismo. Y por supuesto se seguía llamando Manchita, el nombre que yo le había puesto. Un perro pegado al suelo sin poder moverse no es un perro. Es un perro que no sirve para nada. Igual que un perro que no ladra. El ladrido y la carrera son la esencia determinante del perro. Como el beso es fundamento del amor. El beso es un ladrido, al fin y al cabo. Tan ladrido es que, a veces, nos comportamos como perros cuando hacemos el amor. Somos besos que, si son ladridos, nos hacen perros. El perro pegado al suelo corría solamente cuando desde el fondo del encuadre un hombre de pelo rubio y cara ausente lo llamaba con algo en la mano que le entregaba en el encuentro. ¡Allá que iba Manchita viva y saltarina como una gacela que huye de una intuición mortal!

Ha habido varias fases en el ánimo de esta mujer en cuanto al capítulo de las pesadillas de su hijo. Al principio actuó como la madre diligente que corre a apagar los gritos de su pequeño provocados por algún mal sueño. “Ya está, ya está. Mamá está aquí”. Cuando los episodios se repetían diariamente empezó a preocuparse. Preguntó a las amigas —a Teresa le preguntaba poco para evitar que se preocupara por ella— e incluso, ocasionalmente, a simples conocidos que si a sus hijos les ocurría lo mismo. Supo que aunque los sueños no eran siempre terroríficos sí eran muy extraños. También se dio cuenta de que su hijo no quería contar nada o se guardaba parte de ellos. Contar algo que te ha sucedido, ya sea en la realidad o mientras soñabas, y que te obsesiona especialmente, por un lado te libera espiritualmente pero por otro te hace más vulnerable. Fue precisamente la propensión del niño al silencio la razón principal por la que esta mujer se interesó sobre manera por aquella cuestión. ¿Y si aquellos sueños no eran las descargas normales de la mente de un niño? ¿Era posible que el origen de tales pesadillas trascendiera el lógico comportamiento nocturno de la subconsciencia? ¿Podrían las cábalas del destino estar utilizando el manojo neurológico de su pequeño 

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